Serían las dos de la madrugada, en una noche oscura de silencio profundo. Algún café de más, no me daba permiso para descansar placidamente. Tengo la costumbre de guardar diariamente en mi carpeta un periódico de tirada gratuita. Entre clase y clase mato el tiempo dejándome seducir por alguna noticia “interesante”. No se mueve una mota de aire, un grillo cantarín se ha auto invitado a pasar la noche en mi lecho.
Esta mañana apenas tuve tiempo de echarle un vistazo al periódico. Lo abro por la página 26 mientras echo un bostezo de león, tras detenerme a leer una noticia sobre los desafíos educativos del S. XXI, mi atención se dirige hacia la parte inferior izquierda donde un pequeño titular escrito en rojo dice: CITAS QUE TE CAMBIARAN LA VIDA. Acaricio mi barba cerrada de varios días, este masaje me produce un intenso placer, me recuerdo a mi mismo que mañana toca pasarme la cuchilla.
Filipo Pananti es quien firma la cita de dicha sección: “La vida es un libro del que, quien no ha visto más que su patria, no ha leído más que una página”. Es momento de reflexión. Cierro los ojos lentamente al mismo tiempo que práctico la respiración costal-diafragmática, ensancho mi barriga hasta estirar al máximo la goma del pantalón de pijama y expulso el aire de golpe como si de una bocanada de humo se tratara. Estas letras emborracharon mi mente, me persiguieron durante meses hasta llegar a obsesionarme, sentí que durante años había nadado a contracorriente pasando páginas en blanco a una historia que me pertenecía: El libro de mi vida.
Y así fue como, gracias a esa noche de insomnio, a ese cualquier periódico y a esa valiosa cita, en una mañana de cielo color madreperla aterricé en el continente de los contrastes, en un fascinante país que responde por el nombre de La INDIA. Mi sueño se había cumplido.
Mumbai, – como se conoce desde su independencia - me trasladó a esas escenas inolvidables donde Phileas Fogg montaba en elefante, aventuras a quien Julio Verne le dio vida en “La vuelta al mundo en ochenta días”. Afortunadamente ya no se utilizan tanto estos paquidermos como medio de transporte, el calor es tan sofocante que les termina quemando las patas. En cuestión de horas, un vuelo doméstico me llevó hasta Goa, conocida como la Ibiza india. Es aquí donde nació la música trance, un lugar de playas idílicas donde reposan multitud de cocoteros en acantilados de arena rojiza. Área turística acondiciona para británicos que llegan en vuelos charter como sardinas. Este tipo de turismo no tiene interés por conocer el país, pasan horas y horas tomando el sol, bebiendo zumo de coco y dejándose atosigar por los vendedores ambulantes que más que vender lo que ansían es poder admirar de cerca los encantos femeninos.
Ya en Nueva Delhi -capital del país-, una ciudad espiritual que se presenta en su estado más puro: calles sin asfaltar, multitud de indios deambulando sin rumbo, niños harapientos durmiendo en cualquier lugar, mendigos deformes por la lepra pidiendo limosna, fuertes olores a curry emanan de cocinas destartaladas, vacas sagradas paseando en medio de las carreteras ajenos a los atascos que provocan y el aletear de las gaviotas huyendo de los ruidos de claxon de los rickshaw - taxi de 3 ruedas-. Absolutamente todo está permitido y lo más curioso es que viven aparentemente en una perfecta armonía. Visitar el Fuerte Rojo y perderse por los exuberantes bazares repletos de artesanía autóctona será alguna de las visitas obligadas que ofrece esta metrópolis de mil caras. Delhi da comienzo a la ruta clásica, apodada como el triángulo de oro, completando los otros dos vértices con Agra y Jaipur. En un tren oxidado, consigo sentarme en una minúscula esquina de un asiento compartido por una familia que porta una jaula con una pareja de gallinas pitas. El trayecto hacia Agra me regala una de las mejores panorámicas: paisajes áridos con pequeñas aldeas donde asoman templos en honor a dioses indios. 
- chai, chai, chaiiiii…- grita un joven vendedor ambulantes desde el otro lado del vagón. Por una rupia me hace entrega de un vasito de té con leche y especias. Cuando le doy el último sorbo, suena la campana de llegada a la antigua capital mongol. No tengo palabras para definir el Taj-Majal, es la más bella historia de amor construida en mármol blanco y piedras semipreciosas. Una autentica reliquia. Con resaca mental ante una de las maravillas del mundo pongo el pie en la capital del estado de Rajasthan: Jaipur, también conocida como la ciudad rosa. Sus angostas calles polvorientas exhiben en sus escaparates piedras preciosas, las mujeres lucen saris de vivos colores mientras que los maridos visten de un blanco impoluto reservándose los colores para el turbante.
En un rincón recóndito me inspiré escribiendo mi cuaderno de viaje, una melodía hindi de fondo le daba ritmo a mis aventuras. En cuestión de segundos, una ráfaga de viento levantó un aire polvoriento, tomando fuerza hasta conseguir arrojar mi libreta a un charco contaminado. La tinta derramó mis letras formando arañas sobre el papel. Mi historia se inundó sobre un intenso azul oscuro. No importaba el percance, mi mochila estaba llena de experiencias que hoy con teclado en mano intento reescribir en mi blog